La mujer trabaja como aparadora en su propia casa. Trabaja mientras conversa conmigo. Los niños pequeños están fuera de la pieza, jugando. Se sienten los gritos, los llantos, los pequeños ruidos de los juegos. Hasta que, de repente, hay unos instantes de silencio. La madre me dice: “voy a ver qué pasa… hay demasiado silencio”…
La madre parecía ausente, distante de sus hijos, pero, en realidad, no sólo trabaja para ellos, sino que estaba realmente “atenta”. Era como un radar, sensible a sus hijos… Ellos estaban en sus juegos, en sus conflictos, en su crecer diario. Ella les estaba enteramente presente.
Así eres, Señor, para con nosotros; nos dejas crecer, bajo tu mirada aparentemente ausente. Tú oyes hasta nuestros silencios.